El hacedor
Una noche, a los 14, sin buscarlo, encontré un cuento. Después de leerlo, nada volvió a ser lo mismo. Al día siguiente fui a una librería de segunda, con nombre de imperio extinto, a buscar el libro que lo contenía. Lo conseguí en un estado aceptable, más amarilla su portada que sus hojas, unas letras bauhausezcas decían «Ficciones». No lo pude soltar hasta que lo terminé.
Cada vez que me lo tropiezo, lo leo de nuevo. Mi papá me regalaría una compilación de las obras completas del autor del cuento en mi cumpleaños 17, pocos regalos me han hecho tan feliz.
No suelo hablar mucho de Borges, tal vez porque me molesta que pueda pasar por pose, tal vez por egoísmo, como lo definía él mismo, o porque es de esos cariños sinceros que se sienten más fuertes y auténticos por vivirse en silencio.
Un cumpleaños como el de Borges no se celebra para tributarlo; se celebra para que los que no lo han leído, lo lean, para que sepan de ese hombre en cuyas visiones estuvo la hipervinculación y una red ubicua, que imaginó a un buscador del conocimiento universal [que hoy le rinde tributo], que hizo dudar a los humanos de la realidad antes que las películas de píldoras de colores o de trompos que giran sin parar: caricaturas al lado de sus historias. Una de esas pocas mentes que uno quisiera que produjeran ideas por siempre.
