Por el 2002 solía frecuentar un foro de acertijos, ahora difunto, llamado Matemagia. Alguna vez, en una respuesta me extendí de más y terminé escribiendo un cuento.
El mentado cuento, a continuación.
Branislao Yurksas está viendo televisión, son las tres de la madrugada, debe levantarse a las seis; pero eso no parece importarle; en su concepto, él es aún más productivo sin concebir el sueño, o como él suele llamarlo «el tiempo negro».
Desde que recuerda nunca había soñado con imágenes ni con olores ni con sabores, sus sueños se limitaban a voces; voces en medio de la penumbra, voces desconocidas, constantes, que le hablaban de afecto, de sueños, de hechos intrascendentes, de acciones cotidianas. Con el pasar del tiempo se había familiarizado con ellas; inclusive sentía que las había escuchado cambiar de timbre, envejecer. A otras ya no las escuchaba más.
Por eso para Branislao, el sueño no era una prioridad, para él, el sueño no era más que la emulación de una sesión terapéutica, en la cual él representaba el papel del psiquiatra, sin ningún honorario y con clientes invisibles que a veces rompían en llanto sin razones aparentes —cosa que generaba en Branislao una sensación de angustia e impotencia insoportable—.
A veces, mientras observaba las imágenes en la pantalla, sentía que sabía lo que iba a suceder: conforme una acción seguía la otra, una palabra de Branislao anticipaba la siguiente; generalmente no le extrañaba, era de común usanza de las corporaciones el repetir programas muchas veces, casi hasta el cansancio, para tratar de multiplicar cada centavo invertido en su producción. Esto irritaba a Branislao, ingeniero de profesión y artista por vocación; desde su juventud había aprendido a amar la incertidumbre, a sentir su sabor agridulce en el paladar y a contemplarlo con los ojos entrecerrados. El hecho de saber lo que seguía le quitaba todo el interés a Branislao, se sentía insultado, algún día haría algo al respecto, pero no hoy, hoy no estaba de humor.
Branislao podía pasar horas contemplando la caja, para el observador casual luciría idiotizado, pero las imágenes en movimiento no eran siempre lo que tenía en mente, a veces comenzaba a divagar sobre cualquier detalle, comenzaba a pensar acerca del píxel que se iluminaba, que oscurecía y que mutaba con el tiempo, en su naturaleza atómica, en su movimiento perpetuo, en su luminiscencia catódica, en la palabra píxel, en fin, en el píxel mismo. Así que, lo que para alguien que observara la escena, sería sólo una persona contemplando ensimismada un osciloscopio complejo, era en realidad una escena de análisis profundo, pero como las voces sin rostro de los sueños de Branislao; era algo imperceptible al ojo humano.
Había perdido la noción del tiempo, en ocasiones la única manera en la que distinguía la noche del día era por el calor deshidratante de las horas diurnas y por el frío seco que lo rodeaba y que calaba en sus huesos en las horas nocturnas.
Todo parecía no cambiar, hasta que alguna noche, de algún día —porque para Branislao era lo mismo si era lunes que si era jueves que si era domingo y por ende ni siquiera se interesaba en seguir la secuencia numérica de las fechas— vio en la televisión un reportaje, de una forma, que al principio le pareció casual, empezó a decir con segundos de antelación lo que la dama de vestido entallado, nariz respingada y mirada nerviosa recitaba con una voz que vagaba entre la sorpresa , la torpeza y el deseo; pensó que se debía a que su vida consagrada al artilugio electromagnético lo había llevado a aprender todas las formas posibles de introducción para una noticia y cuál de ellas era la predilecta de determinados periodistas, pero lo que siguió a continuación no lo habría podido predecir por más novelas, películas mediocres y noticiarios que hubiese visto en su anacrónica vida: al parecer un sabotaje perpetrado por desconocidos ocasionó un accidente que provocó la dispersión en el aire de una cantidad descomunal de una mezcla gaseosa cuyo nombre repentinamente se tornó difícil de leer a la mujer de cabello negro en el telepronter… Branislao pudo predecir exactamente la equivocación; bastaron unos pocos segundos de silencio para que una sensación semejante al calor tenue que se percibe cuando se toma con la mano desnuda una taza caliente, que progresivamente se transforma en ardor y finalmente en quemadura se apoderara de Branislao: así, progresivamente, fue que Branislao se dio cuenta que lo único que recordaba haber hecho todo el día era ver televisión, y no solo hoy, también ayer y el día anterior… Siempre.
Pero entonces ¿Cómo se justificaba esa noción de sueño?, era inverosímil considerar que él dormía en su incomodo sofá rococó sin moverse un ápice, permaneciendo en esa posición de vegetal que siempre tenía; y que allí, en medio de la inanición, pudiera continuar respirando, pese a no ingerir alimento ni bebida, sin utilizar uno solo de los objetos que en su casa lo rodeaban —excepto el televisor y su respectivo control—, como si su única función fuese contemplar esa caja insolente, ambivalente y monótona.
Ahora notaba con más asombro que sabía que tenía un dormitorio, que en él había una cama, pero que nunca, jamás, había pernoctado en ella. Branislao seguía ahí, impertérrito en el exterior, mientras que entre sus sienes se desarrollaba una tormenta de recuerdos que parecían vívidos e inertes a la vez; como si se sobrepusieran un par de vidas que carecían de puntos de convergencia, como, si al mismo tiempo, hubiese vivido dos vidas, pese a que sentía no haber vivido ninguna.
De repente vinieron a su cabeza visiones aterradoras, el lugar reflejado en las imágenes televisivas era la fábrica que se encontraba a menos de cien metros de su casa, se identificó en la asfixia… el pánico erizó su piel, mas no porque sintiera que corría peligro, sino porque sentía estar reviviendo un dolor, una agonía… recordó el silencio intempestivo, recordó el olor a hospital, recordó sonidos de marchas, de gritos, de activistas; recordó como exigían muertes dignas, recordó a médicos discutiendo alternativas, recordó decisiones: utilizar un procedimiento experimental para mantener activos los cerebros de todos aquellos pacientes comatosos mientras esperaban a que eventualmente respondieran eficazmente a los tratamientos… Ahora todo tenía sentido, todo aquello que lucía tan real no era más que recuerdos condensados, emulaciones… Esto añadía una nueva dimensión de desdicha a su «existencia», ahora había rostros que correspondían a esas voces, ahora había emociones… no podía resistir más el sentirse atrapado, saberse atrapado… Debía de haber una solución, alguna forma de regresar, de salir de este lugar… Buscó sistemáticamente, con minucia, con esa claridad aprendida de su formación científica, reduciendo a lo básico; su pensamiento lo remitió a su juventud, a cuando gastaba sus precarios ingresos en consolas y juegos de video… Recordó que la única salida de aquellos mundos falaces, tal como de las vidas reales, era la muerte. Con la seguridad de quien ya ha hecho las cosas antes, Branislao se dirigió hacia su cuarto y encendió la luz, sabía que ahí habría un nochero y que en el interior de éste habría un arma, cargada. La sacó sin ninguna ceremonia, puso el cañón en su boca, y con la tranquilidad de quien sabe lo que hace, de quien ya ha hecho las cosas antes: apretó el gatillo…
Branislao Yurksas está viendo televisión, son las tres de la madrugada, debe levantarse a las seis; pero eso no parece importarle…